Archive for June, 2005

La vida es sueño

Se había quedado dormido en su silla. A pesar de lo que podía parecer, no estaba incómodo. Veía su casa, su habitación, sus cosas, pero todo estaba bañado de una luz brillante que no le dejaba abrir los ojos del todo. Parecía provenir de la ventana de su derecha. De repente se tocó las piernas, pero se dio cuenta de que no sentía nada. Observó un poco más donde estaba sentado, y era una silla de ruedas. No se podía mover.

Harry era un hombre feliz. El sueño que había tenido le inquietaba. Siempre tuvo miedo a quedarse paralítico o algo semejante, pero prefería olvidar eso. Iba a quedar con la chica que le habían presentado hacía unos días. Era increíble que hubiese ligado con ella. Cuando la conoció creía que era demasiado para él. No se acercaba a su tipo de chica preferido, pero le resultaba despampanante.
Estuvieron todo el día de paseo por ahí, charlando, conociéndose mejor. Él era ingenioso y ella divertida: no se lo podían pasar mal. Era invierno, a mitad de tarde, el sol ya estaba escondido y dejaba paso a las penumbras. Era una de esas tardes en las que un tono azul grisáceo lo cubre todo, pero aun se ve. Estaban en una especie de mirador junto al mar. Tenía un par de metros cuadrados y estaba construido con madera. No había nadie más que ellos dos. Dieron rienda suelta a su amor, besándose, amándose. Se divertían y su complicidad iba en aumento:

- Eh! no me toques el culo! ¡fresca! - dijo Harry.

- Es que si tu no me metes mano, al menos te la meteré yo a ti. - dijo ella sonriendole pícaramente y luego echándose a reir.

Ahora Harry se sentía obligado a meterle mano, lo que hacía sus intentonas bastante cómicas. Ambos reían y disfrutaban el momento. Entonces Harry la vió. La reconoció nada más verla: vió la imagen más bella que había visto en su corta vida. Ella estaba sentada de espaldas al mar, con algunas luces de barcos detrás. El viento le movía su rubia melena, que en ese momento estaba suelta, sin ataduras. Su blanca tez contrastaba con la azul oscuridad que gobernaba todo a su alrededor, como si fuese lo único bueno sobre la faz de la tierra. Y entre esa clara laguna, dos ojos azules, a juego con el mundo, que parecían dejar salir la picaresca que ese cuerpo encerraba, como si esos dos manatiales fueran la única vía de escape. Harry lo sabía: no olvidaría esa imagen jamás.
El día se agotó. Tuvieron que irse y Harry pudo irse a dormir, sabiendo que había pasado uno de los mejores días de su vida.

Era alguna hora cercana al mediodía. El hambre hacía mella y Harry quería comer algo. Volvía a estar en su silla de ruedas. No entendía aquello. No sentía nada. Fue a la cocina y puso la televisión. Allí, un chef llamado Toni, hacía extraños platos, intentando vender una batería de cocina a otros infelices como Harry. Nunca antes lo había visto. Comió unos insípidos sandwiches que tenía por la cocina. Tomó su medicación, un par de pastillas de diferentes colores. Era triste. No se escuchaba ni un ruido. Parecía un cementerio, ni en la calle, ni en otros pisos. Nada. Se fue a su salita, y se quedó allí. Solo oía a su corazón latir.

Al día siguiente se iba de viaje con su chica. Los miedos que afloraban en sus pesadillas, le hacían disfrutar más lo que le estaba pasando con ella. Iban a pasar el día en la playa, a decenas de kilómetros de casa. Primero pasarían la noche en casa de unos amigos. El calor pegaba con fuerza en verano aun siendo de noche y la piscina era una buena opción de madrugada. Se quitaron la ropa y se metieron en el agua lentamente. Reían y disfrutaban. Allí juguetearon desnudos a la luz de la luna.

- Uys, que le ha pasado a tu amiguita? - decía ella echandose a reir.

- Mierda… ya sabes, el frío.

- Sí , sí, eso se lo dirás a todas - no dejaba de reir.

- Eh! No te rías de mi. Ahora verás… - Harry se abalanzó sobre ella e intentaba ahogarla de broma mientras no paraban de reir.

Seguían conociéndose después de todo. Y por un momento a Harry le pareció ver de nuevo aquella bella imagen, cuando la miraba a los ojos en medio de la noche. Era feliz. Ahora tocaba dormir para estar descansado para el viaje. Él ya estaba en cama, pero ella aun estaba en el baño. Puso un momento la televisión y cambió un par de canales hasta llegar a uno en el que estaban en anuncios. Un chef llamado Toni, hacía extraños platos, intentando vender una batería de cocina a unos pobres infelices. Nunca antes… o sí. Ella entró en la habitación y vestía aquellos pantalones minúsculos que tanto significaban para él y que tanto le gustaban. Aquella noche dormiría a su lado, que era lo que él más anhelaba en este mundo. Se abrazó a ella y durmió.

Hacía calor. Estaba sudando a pesar de estar en calzoncillos y camiseta. Se vió a si mismo y estaba en aquella estúpida silla. No podía hacer casi nada y no lo soportaba, era una pesadilla. Mientras se lamentaba, escuchó un timbre. Debía de ser el primer sonido que escuchaba en aquel mundo surrealista. Se acercó a la puerta y abrió. Era el típico joven no mal vestido, con una chapa con su nombre en la pechera. Llevaba unos papeles y una riñonera. Cuando Harry le abrió la puerta, dudó un instante, pero continuó:

- Hola…, buenas tardes. Vengo de parte de una organización sin ánimo de lucro y estoy pidiendo por las casas, para los más necesitados.

- ¿Y qué vienes, a traerme mi parte?

Harry se le quedó mirando unos segundos, mientras el joven quedó inmovil. Finalmente cerró la puerta y volvió a su sitio.

Se levantó pronto esa mañana. Solo faltaban unos días para el cumpleaños de ella. Harry decidió comprarle un par de cosas, no quería parecer cutre. Había pensado en comprarle el CD de música de su grupo favorito, luego invitarla a cenar a un sitio elegante y finalmente, lo más tradicional, pero lo que a él más ilusión le hacía, un anillo. Hasta había pensado grabarlo y todo. No sabía muy bien qué poner, y eso le tenía un poco nervioso, ya que quería ser ingenioso y que a ella le gustase. Todo tenía que ser perfecto, así que como todo buen novio que se precie, Harry pidió ayuda a su mejor amiga para elegir el anillo. Tuvo que dar esquinazo a su chica para encubrirse, y como nunca había sido muy buen mentiroso, ella estaba mosqueada. Tanto que le llamó mientras estaban realizando la compra, pillandole in fraganti. Como no sabía mentir, dijo que estaba con su amiga, pero ella era muy celosa. Decirle eso era casi el suicidio. Ella comenzó a gritarle por teléfono. Le había mentido y aun por encima estaba con otra mujer. Nunca antes le había gritado. Era la primera vez y Harry no se esperaba tener que aguantar eso, mientras compraba un anillo. Allí estaba, delante de su amiga, un poco alejado para que no se enterase de la conversación, sufriendo una de las mayores broncas de su vida. Estaba triste. Fueron a comprar el anillo, y tardaron un poco en elegir. El anillo se quedaría un par de días en la joyería, mientras lo grababan. Harry pagó, y mientras él y su amiga salían de la joyería, alguien entraba. En un primer instante, Harry no le prestó mucha atención, pero cuando se cruzaron, le vio a la cara. Era él. El joven que llamó a su puerta y pedía para los necesitados, con su nombre en la pechera. ¿Pero, cómo…? Le costó dormirse esa noche.

El hambre volvió a despertarle. Tenía hambre con frecuencia, pero se iba enseguida. La desgana vencía la batalla contra las ganas de comer. Además la hora de la comida significaba tomarse aquellas asquerosas pastillas que sabían a rallos. Él estaba convencido de que le hacían peor que sino las tomase. Además, le daban sueño. Le angustiaba aquel silencio en su piso. A veces deseaba que las paredes fuesen más finas para que se escuchase a los vecinos, y sentir algo vivo alguna vez. Pero nunca se oía nada, parecía estar aislado del mundo. Se preparó una sopa de sobre. Tenía todo ya sobre mesitas y taburetes. Su vivienda se empezaba a acostumbrar a esa vida, cosa que no hacía su mente. Acabó de cenar, fregó sus cubiertos y volvió al lado de su inseparable tele. Allí se pasaba todo el día, dormitando.

Ultimamente se pasaban el día discutiendo. Al paso de los meses, es normal, se decía Harry. Pero notaba que la estaba perdiendo, que se le escapaba y lo que más temía, era no tener cerca la imagen más bella que había visto. Con toda su alma, intentaba encontrar una solución, buscar un por qué que le diera la clave, algo que le permitiese seguir siendo feliz, porque ya no lo era.
Harry fue a verla, como hacía siempre. Tenía ganas de hablar con ella, lo que no se esperaba, era como iban a terminar las cosas. Después de hablar un rato, ella decidía dejarlo. Él no lo entendía, pero parecía que ella hacía mucho que lo había decidido, y unas palabras no iban a cambiar una decisión tomada hace mucho, sin su opinión.
Salió de allí furioso, a toda prisa, quería llegar a su casa cuanto antes. Cogió su coche y salió zumbando. Conducía y lloraba. No se creía lo que acababa de pasar. Era invierno y llovía. Se puso a pensar, recordando todo lo que había vivido, y en como estaba ahora. Ya no era feliz. Su coche patinó y se salió de la carretera.

Harry se despertó. Se había quedado dormido en su silla. A pesar de lo que podía parecer, no estaba incómodo. Veía su casa, su habitación, sus cosas, pero todo estaba bañado de una luz brillante que no le dejaba abrir los ojos del todo. Parecía provenir de la ventana de su derecha. De repente se tocó las piernas, pero se dio cuenta de que no sentía nada. Observó un poco más donde estaba sentado, y era una silla de ruedas. No se podía mover. Ésa era su verdadera vida, triste y solo era feliz soñando con cualquier tiempo pasado, que siempre fue mejor.

5 comments June 23rd, 2005

La apuesta

Bien, hacía un tiempo que no escribía nada nuevo. Y la verdad es que no tengo nada nuevo que escribir, pero “yavestruz” , buceando por internet, encontré un texto que me ha parecido genial, y que quiero compartir con todos vosotros. El autor es ARTURO ROBSY y forma parte de una especie de manual que escribió para ser un buen “Sin vergüenza con las mujeres”.Aquí teneis la historieta de la que os hablé:

Eduardo Libre, en su ya lejana juventud, pasó por una poca en que la vanidad se le subió a la cabeza. Presumía de que no se le escapaba una viva, tal era la maestría alcanzada en la ejecución de sus perversos designios.

-Cualquiera. -solía decir en cuanto se mojaba los labios en sangría.

-¿Apuestas? -le respondieron una vez los testigos. Y el muy asno fue y apostó a ciegas.

Había una chica monísima que todavía estaba en Preu, que era una especie de COU con más mala fe. Muy alegre, muy simpática y muy tierna, pero famosa por el modo que tenía de clavar los codos en quienes bailaban con ella y no pensaban en bailar. Todos, incluido Libre, habían intentado el asalto una y otra vez, siendo rechazados. Se despeñaban desde aquellas murallas.

Era virgen con toda seguridad. Muy joven, muy lista; buena matemática y, para colmo de desgracias, vivía con sus padres y no leía novelas de amor. Tampoco bebía ni fumaba. La novia perfecta, pero una verdadera desgracia para cualquier sinvergüenza.

-Esa. -le dijeron a Eduardo.

Hombre de temple, sonrió sin demostrar su profundo desánimo.

-Creí que me elegiríais a una fea, para fastidiarme. Pero me hacéis la cosa interesante con esta monada.

-Ya, ya.

Se pasó dos horas analizando la situación y proyectando arteros planes. Aún comprendiendo que estaba perdido no se rindió. Al contrario: fue en busca de la chica que, encima, se llamaba Inmaculada.

-Inma -le dijo-, me pasa esto y esto.

Le contó todo: su ligereza al pavonearse, su imprudencia al hablar después de beber sangría y cómo los amigos, convencidos de la dificultad absoluta, la habían elegido para la apuesta.

Ella se rió, porque era muy simpática y porque era halagador saber que tenía una fama tan limpia como el cristal.

-Todos te temen -siguió Eduardo, insidiosamente.- No ya los chicos del instituto y tus vecinos, sino los universitarios. Eres tan buena chica, tan imposible como plan, que procuran esquivarte.

-¿Sí? -dijo ella, no tan halagada.

-Claro. ¿Qué chico se va acercar a una muchacha como tú, sabiendo que no tiene ninguna esperanza?

-Tú lo has hecho. -respondió Inmaculada sin sonreír.

-Por una apuesta, pero me tocará pagarla como un caballero.

Ya hemos dicho que Inmaculada no era ninguna tonta y, como tenía talento para las matemáticas, razonaba con mucha lógica aunque sin comprender los abismos de la mente masculina:

-Entonces, ¿por qué has venido a contarme todo esto?

Eduardo se felicitó en silencio por haber dedicado dos largas horas a la meditación:

-Yo ya sé que no te dejas ni coger de la mano, pero, aún así, se me ocurrió que a lo mejor querías burlarte de todos esos y fingir que salías conmigo.

-Si salgo contigo es que salgo contigo. -razonó Inma, implacable.

-Oh, mira: yo no pretendo que te enamores de mí ni mucho menos enamorarme yo de ti. Pero podríamos darlo a entender, para burlarles.

-¿Cuánto te has apostado?

-Cinco mil pesetas.

-¡Jesús!

Hay que advertir que hablamos de un tiempo pasado, no sólo mejor sino mucho más económico. Al cambio, aquellas cinco mil podían ser unas sesenta y cinco mil pesetas de hoy, lo que sigue siendo mucho para un estudiante que pasa poco tiempo en clase.

Tanto que Inma se apiadó:

-¿Qué tendría que hacer yo?

Desde el día siguiente los apostadores empezaron a encontrarse a Inma y a Eduardo en sus bares habituales, en su discoteca, bailando, en las calles usadas como paseo. Eduardo la recogía a la puerta del instituto y la devolvía, a la hora en punto, en la puerta de su casa.

Por lo demás, era tan frío como un pez. Le hablaba de filosofía, o de deporte en ocasiones, pero, sobre todo, de otras chicas, tratando de demostrarle a Inma que ella era distinta y que él no sólo la respetaba sino que no estaba dispuesto a ponerle un dedo encima.

La muchacha agradecía la delicadeza pero, como se sabía guapa y simpática, empezaba a preocuparse. De seguir así, asustando a los chicos que ya no se atrevían ni a aproximarse, veía venir una larga vida de soledad y aburrimiento.

-Si hubiera sido otra, ¿me hubieras contado lo de la apuesta o hubieras intentado conquistarme?

-¡Qué preguntas! -exclamó Eduardo, relamiéndose en silencio- Pero a ti no se te puede conquistar.

Ella enrojeció y se mantuvo en silencio durante un rato, analizando la situación sin duda.

-¿Por qué?

-Oh, bueno: tú no te fías de ningún chico. Y haces bien. No dejarías que te llevaran a los bancos oscuros ni que te dijeran tonterías sobre tus ojos mientras intentaban meterte mano.

Inma volvió a sus análisis, de los que salió fortalecida:

-Si no me llevas a esos bancos, ¿tus amigos se darán cuenta del truco? Algunos van por allí con otras, ¿no?

Se estuvieron hora y media sentados en aquellos oscuros e inmorales asientos. Como Eduardo se mantenía quieto y silencioso, se aburrieron profundamente hasta que él señaló a una pareja que avanzaba:

-Es Ramón: un apostante.

Ella disimuladamente, bendijo a Ramón mientras Eduardo se aproximaba y pasaba un brazo por encima de sus hombros.

-Perdona. -se disculpó- Es lo habitual.

Puso la otra mano en la cintura femenina y aproximó su boca a la orejita:

-Así parecerá que te estoy besando.

Inma, herida, no se explicaba por qué aquel cretino desaprovechaba la ocasión de besarla de verdad. Eduardo, según decían las malas lenguas, no solía andarse con rodeos. ¿Carecía ella de sex-appeal? Quizá, porque tan pronto como Ramón y su pareja se perdieron en la noche, Eduardo soltó sus diferentes presas y se puso a mirar a las estrellas y a comentar los años luz que había entre la tierra y la estrella Alfa de Centauro.

-Vuelve Ramón. -advirtió Inma al cabo.

Eduardo, con toda delicadeza, adoptó su posición de combate y murmuró al oído de la chica:

-Qué fastidio, ¿no?

-Sí. -dijo Inma, pero por otras razones.

Al dejarla a la puerta de su casa, Eduardo tuvo la humorada de recordar los acontecimientos del banco:

-Mira que si me hubiera querido aprovechar y te hubiera besado…

-¿Qué?

-Pues que ahora no querrías saber nada más de mí y perdería la apuesta.

Los amigos, seriamente preocupados al comprobar los avances que iba consiguiendo Eduardo, decidieron hacer trampas y contaron la historia de la apuesta a las chicas con las que salían, exigiéndoles discreción.

-Eduardo te está engañando. -le dijeron a Inma sus buenas amigas una hora después.- Ha apostado a que te conquistaba.

-¿Por qué me ha elegido a mí?

La amiga no perdió la oportunidad de echar unas gotitas de acíbar:

-Porque tienes fama de imposible.

-Pues Eduardo está muy bien. -se defendió Inma.

Los apostadores escucharon las noticias horrorizados: ¡Eduardo estaba muy bien! Y lo decía aquella mujer fría después de saber que todo era un engaño. Miraron sus carteras con auténticos ojos de dolor.

-Ya están ahí. -dijo Inma aquella noche en el banco.- En cuanto les han dicho que no me ha afectado el chivatazo han venido a vigilar su inversión.

Eduardo adoptó su conocida posición de combate y notó que Inma se aproximaba más de lo estrictamente necesario.

-Se acercan mucho. -murmuró ella.

-Sí. -dijo él.

Inma, en busca sin duda de realismo, pasó su mano por la nuca de Eduardo y la acarició.

-Hola, chicos. -saludaron los apostantes, heridos profundamente.

Por la noche, Eduardo volvió a echar un vistazo a los últimos acontecimientos:

-Se lo han creído. Como si te hubiera besado, ¿verdad?

-Pero no lo has hecho.

-Estupendo, ¿no?

A la noche siguiente Eduardo conectó un magnetófono. Había grabado una conversación con sus amigos y quería que Inma la escuchara:

No he conseguido nada -decía su voz- He perdido la apuesta. Inmaculada está fuera de mi alcance.

-¡Venga ya! -dijeron otras voces.- Os hemos visto dándoos el lote en los bancos.

-No es verdad. He perdido.

Ella, entre la oscuridad, trató de mirarle a los ojos. Eduardo resultaba ser todo un caballero, preocupado por su fama. Demasiado caballero quizá.

-¿Por qué has hecho eso?

-Pse.

-Pero has perdido.

-Pse. -insistió.- No quiero seguir con esto. ¿Sabes lo que me cuesta abrazarte de mentira y besarte de mentira?

Ella agradeció la información en silencio.

-Por eso es mejor que lo dejemos ahora, como amigos. Si no, un día voy a besarte en serio, tú te enfadarás y… No quiero que te enfades conmigo.

Inma tampoco. Apoyó su linda cabecita en el hombro masculino y se dejó embargar por variadísimas emociones. De todas ellas destacaba la admiración por la honestidad de Eduardo que, sin duda, se había enamorado de ella.

-¿Tanto te hubiera gustado besarme de verdad?

-Besarte y más cosas. -respondió Eduardo rápidamente

-¿Sí?

-Apretarte. -detalló.

-¡Qué bruto!

-No lo sabes tú bien. -confirmó Eduardo, descubriendo los labios de Inma a muy corta distancia.

Y apretó y besó. Esta vez no pidió disculpas, sino que siguió apretando y besando. En unos momentos, alternativamente, y en otros, a la vez. Y a Inma le pareció algo completamente natural además de muy agradable.

Aquella noche llegó tarde a casa por primera vez, pero no por última. Eran otros tiempos y las chicas de diecisiete años tenían del sexo una visión más idílica que las de ahora: casi nunca se iban a la cama el mismo día que un hombre les daba el primer beso.

Tardaban más pero, llegado el momento, también ponían más corazón y sentimiento.

-Vengan las cinco mil cucas. -dijo Eduardo a su debido tiempo, muy ufano de ser un canalla y de haber falsificado la cinta magnetofónica.

Hubo algunas resistencias, alegando problemas de forma. Querían pruebas.

-Mi palabra.

La palabra de un sinvergüenza que no fuera cazador ni pescador era sagrada en aquellos días. No se dudaba.

-Pero cuéntanos cómo lo hiciste.

Eduardo estuvo a punto de hacerlo pero, de repente, pensó en los ojos de Inma, en los labios de Inma, en todo lo demás de Inma. Como estaba al principio de su carrera, no había tenido tiempo de encanallarse lo suficiente y sí, en cambio, estaba en un tris de enamorarse. No era el Eduardo Libre que todos conocemos hoy.

Miró tristemente las cinco mil palomas y sintió un lacerante dolor a la altura del bolsillo, pero su decisión estaba tomada:

-Quise veros las caras de susto. Es mentira. Nada de nada. -dijo, devolviendo el dinero.

-Nieves me ha dicho que es verdad, que Inma está tan alelada que sólo puede tratarse de eso.

-Es mentira. -insistió él.- Cuatro besos. Nada.

-Vengan tus cinco mil cucas. -le exigieron sin hacer más preguntas.

Y pagó. Claro que por primera y última vez en su vida. El amor le había ennoblecido durante unos instantes pero, afortunadamente, no cogió el hábito.

6 comments June 17th, 2005

La gran evasión (Volumen 2)

La escalera chirriaba y las capas de óxido, estaban tambien oxidadas. Philip pensaba que se iba a venir abajo por momentos, pero se equivocaba. Ya se había venido abajo. La escalera se acababa en el 2º piso. Se podían ver los restos en el piso de abajo. Tenía que entrar en el edificio otra vez. Philip se quitó su jersey y lo dejó caer a la calle. Si lo veían, pensarían que había escapado por las escaleras. Que había saltado al segundo piso y de allí abajo. Idea que, por otro lado, era inviable, a no ser que quisiese acabar con una barra oxidada clavada en el vientre. Tenía que entrar por la ventana. Miró al interior, y no había nadie en la habitación, pero la cama no estaba hecha. ¿Quién vivía allí…? La ventana estaba un poco abierta, así que Philip la levantó y entró. Procuró no hacer ruido por si había alguien en el piso, aunque tarde o temprano, sabía que de haber alguien, se verían. Pero no podía salir al pasillo, sabía que había gente buscándole y esperarían en la puerta principal o en ese mismo rellano. Mientras pensaba esto, se puso a observar el cuarto. Vió una mesita con fotos y se acercó para verlas. Era ella. Una vecina que estaba tras él desde que se mudaron y que, a pesar de tener él pareja, ella no se cortaba en sus intentonas. Era perfecto. Podía usarla para salir de allí. Solo tenía que entretenerla un poco, hasta que la cosa se calmase un poco fuera y saliesen a ver el jersey. En ese momento, ella apareció en escena. Era más joven que Philip, y no estaba demasiado buena, pero era su única escapatoria. Había que flirtear con ella. Se quedó mirandole, sorprendida. Había que actuar:

- Hola Ellen. Te estarás preguntando qué hago aquí. - ella asintió- Como sabrás, ya no estoy con mi novia. La dejé. La dejé por ti. Estoy enamorado de ti, Ellen.

- ¡¿Qué?! No puede ser… Pero… que… como…, y ¿porqué tardaste dos meses en decírmelo?

- Tenía que reflexionar. Quería estar seguro de lo que sentía. Pero ahora lo tengo claro. Te quiero. Bésame.

Philip se acercó a ella, y esta le siguió el beso. Se sorprendía al ver lo fácil que había sido eludir el hecho de aparecer por su ventana. Le podía haber dicho que venía en un trineo tirado por renos, que hubiese colado igual.
Ella parecía aun un poco confusa, pero Philip usó esas pequeñas artimañas que todo hombre hace, cuando quiere que una mujer piense menos y se deje llevar.
Cuando se quiso dar cuenta, estaba en la cama con ella, haciendo el amor. No pudo evitar pensar en su exnovia. Aun la quería. La echaba de menos, y en esos momentos, deseaba estar haciendo el amor con ella. No era lo mismo sin ella. Temía que nunca nada fuese lo mismo sin ella. Temía crear un ideal tan grande de ella, que le persiguiese durante el resto de su vida. Estaba pensando en todo, menos en el sexo que estaba practicando. Pero, por fin, todo acabó. Se quedó unos minutos descansando a su lado. No dijo nada. Ninguno de los dos. Pero entonces Philip volvió a mirar el reloj. Faltaban 20 minutos para que saliese su autobus. Y aun tenía que vestirse y salir de aquel edificio.

- Ellen, ha sido perfecto, pero lo siento, debo irme.

- ¿Ya? No… Bueno, para la semana, estoy libre el fin de semana. Ya hablamos, ¿ok?

- Ok - seguro-. Yo te llamo y ya quedamos preciosa.

Se vistió y salió de allí. Ni siquiera la besó. Se sentía realmente mal por lo que acababa de hacer. Bajó al primer piso cabizbajo por las escaleras…

Al llegar al primer piso, no pudo seguir bajando por las escaleras. Un tío intentaba bajar una pesada escalera, y otros le seguían con distinto material. Estaban taponando aquello y no tenían pinta de darse prisa. Miró su reloj nervioso. No podía esperar. Habló al que parecía el cabecilla del grupo:

- Perdone, podría apurarse un poco, llevo prisa y algun incompetente no es capaz de arreglar el ascensor.

Los tres tipos se miraron. El cabecilla sonrió y dijo:

- Pos te vas a tener que esperá, polque yo no tengo ná de prisa. - mientras hablaba, dejaba la escalera en el suelo y se paraba en el medio. Le miraba y se reía.

Philip miró sus uniformes. Bien, había hecho alarde de su inteligencia una vez más. Eran los ascensoristas.
Por allí estaba claro que no iba a pasar. Había 3 tíos acampados en el medio. Entró de nuevo. En ese instante del apartamento R, salía una chica. Era una vieja amiga que tenían Philip y su exnovia.Se llamaba Agnes. Desde que se había ido, hablaba un poco más con ella. Él se desahogaba con ella, contándole sus penas y ella solía darle la razón a él. Por eso seguía haciéndolo. Le animaba. Antes de empezar con su novia, ya conocía a Agnes. Siempre se preguntó como sería su vida a su lado. Pero nunca había ocurrido nada, a pesar de que parecía que ella tambien se lo preguntaba.
Agnes le vió.

- Hola Philip, ¿como va eso? Te veo apresurado.

- Hola Agnes. Pues la verdad es que sí, me voy del edificio, ¿sabes?

- Sí. Walter el casero, me lo estaba diciendo.

- ¿Cómo que te lo estaba diciendo?

- Sí, está en mi piso, no sé con que se entretuvo pero debería haber salido ya. Espera que entro a ver que pasa…

Entró en el piso y Philip no sabía qué hacer. Las escaleras estaban taponadas, porque aunque aquellos analfabetos hubiesen empezado a andar, aun seguirían allí. Y el ascensor no funcionaba. Philip se acercó al agujero del ascensor. Miró hacia abajo. El edificio no tenía garage. Solo había un piso hasta el suelo. Solo. Philip había sido un cobarde toda su vida. No lo podía negar. Le tenía miedo a muchas cosas y se asustaba con facilidad. Además, era cobarde con respecto a la vida. Nunca se atrevió a hacer nada. La vida le pasaba por delante, y él nunca saltaba para montarse. Algo había cambiado en su vida ultimamente, eso era obvio. Pero, ¿hasta qué punto?
Mientras Philip reflexionaba, Walter salió a toda prisa del piso de Agnes. Cuando vio a su objetivo dijo un infernal “¡TU!” , con voz macabra. Y empezó a andar rapidamente hacia Philip, señalandole con el dedo. Philip tenía que decidirse. No tenía escapatoria. Era el momento de arriesgarse. Miro hacia atrás, vio a Agnes que observaba toda la situación con sorpresa. Volvió a mirar hacia el ascensor, y se tiró.

Estaba en el bajo. Oía maldecir de nuevo a Walter. 13 minutos. Podía ver a lo lejos el portal que daba a la calle. Allí parecía estar todo tranquilo. Empezó a andar hacia la libertad. No se creía todo lo que le había pasado, y lo mejor era que lo había superado. Pasó de los buzones y pudo ver el de su piso, aun con ambos nombres impresos en el rótulo. Se sonrió. Abrió el portal y cuando iba a atravesarlo, alguien apareció de repente delante suya. Era ella. Era su exnovia. Philip se quedó de piedra. Se miraron un instante. Ella habló:

- Hola Philip, ¿como estás?

- Hola… pues bueno… he tenido días mejores. Pero, ¿sabes qué? Me voy del apartamento.

- De eso quería hablarte Philip… he estado pensando… y quiero que volvamos.

Le habían ocurrido cosas extrañas durante todo el día, pero sin duda, eso fue lo que más le sorprendió hasta el momento.

- Pero… ¿ahora? ¿Por qué?

- No sé Philip. He estado pensando, y te hecho de menos. Cuando estuve contigo…nunca había estado tan bien. Necesito que volvamos. Te quiero.

Philip no sabía qué decir. Estaba bastante sorprendido, pero aquel día algo había cambiado. No sabía si el golpe del salto en el ascensor le había dañado la cabeza o si se había vuelto definitivamente loco, pero algo había cambiado. Y ya no volvería a ser igual. Miró su reloj, faltaban 10 minutos para su autobus.

- Lo siento Elizabeth. Llegas tarde. Y tengo que irme, sino, yo tambien llegaré tarde.

Ella ignoró lo que él le decía y se acercó a besarle. Lo hizo. Sabía que eso sería un duro golpe en la integridad de Philip. Mientras se besaban, un aluvión de recuerdos pasaron por su mente. Recordó cuando eran felices. Pero entre todos esos, pudo ver el daño que le había hecho.

- Debo irme. Lo siento.

- ¿Me vas a dejar así? ¿Es que no significo nada para ti?

- Claro que sí. Me caes bien. - le guiñó un ojo- Si quieres las llaves, las tienen los vecinos de enfrente. Hasta otra Elizabeth.

Philip la rodeó y salió. Estaba fuera. Lo había superado todo. Era libre. Se acercó un taxi para ir a la parada. Tenía aun los billetes, todo había salido bien.

2 comments June 8th, 2005

La gran evasión (Volumen 1)

Había que salir de allí. Philip cogió su gabardina, y repasaba sus pensamientos mientras se miraba al espejo. No quería seguir viviendo allí. Simplemente era aborrecible y odioso. Había llegado a esa situación por culpa de su exnovia y no soportaba estar en aquel sitio más tiempo. Ella le había obligado a vivir en ese criadero de ratas y despues le había dejado. Con lo que él se quedó solo en aquella tesitura.
Se colocaba bien la gabardina y se repeinaba. Estaba listo para irse. Cogió sus llaves, un par de billetes que tenía encima de la mesita que había al lado del espejo, se ajustaba bien el cuello del jersey y su cartera. Se sonrió al darse cuenta de que aun tenía condones allí. A saber cuando volvería a necesitarlos. Por último, agarró su mochila con el equipaje. Allí, además de algo de ropa, llevaba muchos recuerdos que había ido amontonando con el tiempo. No sabía muy bien porqué los conservaba, ni porqué se los llevaba, pero por alguna razón, no quería deshacerse de ellos. En cualquier caso, él creía que no le molestaban y se los llevaría.
Bien, ya estaba listo. Solo faltaba una hora para que su autobues saliese. La parada estaba a 10 minutos, pero le gustaba llegar pronto. Echó una última ojeada a ese antro, suspiró y abrió la puerta.
El pasillo no disimulaba el interior de las habitaciones. Tambien estaba sucio y parecía haber sido levantado hacía siglos. A pesar de eso, era un rellano bastante amplio. Mientras cerraba la puerta con llave, la puerta de enfrente se abrió. Eran los vecinos de la letra A. Allí vivía una pareja. La puerta se abría y se oían gritos. Ella salía presurosa con una minimaleta colgada del brazo mientras vociferaba lo malo que era él, con su típica expresión altiva. Él salía detrás de ella, llorando, suplicando. Era obvio, estaban rompiendo. Philip los ignoró, pero no pudo evitar que le saliese una sonrisa al recordar lo malas que son las mujeres. Se giró para irse, y justo pasaba la mujer a su altura. Se cruzaron las miradas. Ella se detuvo ante él. Todo estaba ambientado con unos llantos de fondo procedentes de un corazón roto que actuaba como organillo. Philip no sabía que pasaba, pero entonces se dió cuenta. La mujer había visto su sonrisa y le habló:

- ¿Qué pasa? ¿Te hace gracia? ¿Te estás riendo de nosotros? Mira Will, -dirigiéndose a su novio, o mejor dicho, exnovio- este tipo se está riendo de ti.

¿QUÉ? A Philip le importaban una mierda sus miserables vidas. Esa tía acababa de manipular los hechos de una forma descarada. La muy astuta-hijaputa, quería desviar la atención de aquel hombre, para detener el organillo. Philip se quedó inmovil sin saber que decir. Entonces, el tipo paró de gimotear y miró al pobre Philip.

- ¿Te estás riendo de mí, tío mierdas? De mi no se rie nadie.

A Philip estuvo apunto de escapársele otra sonrisa mirando el panorama y pensando “¿Qué te cres que está haciendo esa furcia?”. Pero no era momento para sonrisas, el tío avanzaba hacia él con cara de pocos amigos. Parecía que quería romper más cosas que su relación. Philip no lo dudó y echó a correr hacia el ascensor que estaba a pocos metros. La mujer gritó “¡Qué se escapa!”, pero ya había alcanzado las puertas del ascensor. Iba a entrar, pero entonces, vio que la luz estaba apagada. Un cartel estaba pegado a una de las paredes. Philip pudo leer “HESTROPEADO”. Perfecto. Si el que escribía era el mismo que arreglaba el ascensor, iba a estar “HESTROPEADO” mucho tiempo. El tío ya se acercaba a Philip, y las escaleras estaban a solo un par de metros, pero aquel tipo dolido, queriendo impresionar a “su” chica, le daría caza. Arrancó hacia las escaleras de todas formas. Eran las típicas escaleras, separadas del rellano por una puerta de seguridad, y que recorrían un lateral del edificio. Empujó la puerta y para descanso de su alma, esta se abrió. Empezó a bajar, pero aquel hombre ia estaba prácticamente a su altura. Philip cerró el puño con fuerza, apretando sus llaves. Cuando estaban casi pegados, lanzó sus llaves hacia la cara de su futuro agresor con todas sus fuerzas. Estas impactaron en el ojo del objetivo, y el organillo empezó a sonar otra vez mientras el tipo se retorcía en el suelo. Philip se giró y empezó a descender a toda prisa, con su maleta en mano. Eran 4 pisos. Llegó al 3º piso.

Justo cuando pasaba por la puerta del 3º piso, esta se abrió y el casero apareció.

- ¡Hooombre…! A ti te quería yo ver. - Se puso delante de Philip, cubriendo las escaleras.

- ¿A mi? ¿Por qué? - Ya lo sabía

- Hace dos meses que no me pagas el alquiler. Desde que se fue aquella zorrita con la que andabas, no me has vuelto a pagar. Además, no cuidas nada el piso Phil. Ya no es lo mismo ahora que cuando te di el apartamento. Págame ahora.

- Es que verás, no tengo el dinero. Y este mes, no hace falta que lo cobres, porque dejo el apartamento ahora mismo y…

- ¡¿Qué?! ¿Cómo que te vas? Tienes que avisarlo con 15 días de antelación, ya conoces las normas. Además, ¿te ibas a ir sin pagarme? Págame ahora y dame las llaves, Phil. - Odiaba que le llamase así.

El casero empezó a acercarse casi imperceptiblemente a Philip y este, como era obvio, no tenía el dinero, ni ahora, las llaves. No le quedaba alternativa. Tiró la maleta al casero y echó a correr hacia el rellano de dentro. Ya no necesitaría la mayoría de los recuerdos. Eran solo un estorbo en ese momento, una carga. Al llegar al interior, comprendió su inteligente jugada. “HESTROPEADO”. Mierda, no tenía escapatoria. En ese instante, una de las puertas se abrió. Era el apartamento M. Allí vivía una de las pocas personas con las que había tenido trato desde que llegó a aquel antro. Hasta había ido de copas con él y habían jugado a la consola bastantes veces. Era Richard, salía de su casa en ese momento. Pero un fuerte ruido le sacó de sus pensamientos. El casero había abierto la puerta de las escaleras y se dirigía hacia Philip. Éste corrió hacia la puerta de Richard.

- Hola Philip, ¿cómo v…

Philip no le dejó acabar de cerrar la puerta y entró en su casa. Mientras irrumpía allí, pudo oir gritar a Richard “Eh! ¿a donde vas?”. Recorrió el salón y se dirigió a la habitación. Entro rapidamente y se encontró a la novia de Richard desnuda, de pié, mirando atónita. Philip quedó paralizado tambien. Habían tenido un par de “Tensiones sexuales no resueltas”, pero aquello lo superaba. Estaba muy buena, y como buen hombre recientemente abandonado, olvidó su persecución por un momento y se quedó observándola. Pero no pudo hacerlo durante mucho tiempo. Ella rápidamente cogió la sábana y se tapó indignada y ruborizada al mismo tiempo. Philip volvió a la realidad, había escuchado la puerta del apartamento. Corrió hacia la ventana. Debía de ser bastante cómico ver a un hombre a toda prisa intentando entrar en una ventana, mientras una mujer semidesnuda no paraba de pegarle. Philip se sonrió una vez más, de lo patética que era su vida. A pesar todo, consiguió llegar afuera. Allí estaba la típica estructura metálica de las escaleras de incendios. Los 3 se asomaron a la ventana mientras Philip bajaba. El casero le gritó “¡Te cogeré Phil!”. Estaba ya en el 2º piso.

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La estación

La estación estaba más llena de lo normal. Por lo menos, eso le parecía a Jack. A pesar de hacer un buen día, despejado y caluroso, él, estaba triste como un día lluvioso. Entró en la estación y la cola que estaba en la ventanilla, parecía eterna. Por un momento se preguntó si se quedaría sin billete, pero rapidamente se dió cuenta de que sea como fuere, todos acaban cogiendo siempre ese maldito tren. Decidió pasar de la cola, y entró en los andenes. Allí, la multitud parecía incluso más numerosa. Todos los bancos estaban ocupados, la gente se sentaba en bordillos , o descansaban en el suelo apoyándose contra las paredes. Muchos de los sitios estaban al sol, pero no parecía importar a aquellas personas. Jack estaba demasiado cansado. Tenía que encontrar un sitio para sentarse y echó una nueva ojeada. Vió un banco que estaba a la sombra, pegado a una de las columnas que sujetan esos relojes blancos enormes que dan la hora en las estaciones. Había gente cerca de pie y otras sentadas en bordillos al sol, pero incomprensiblemente aquel sitio estaba vacío. Bueno… vacío vacío no. Había una persona sentada, pero en aquel banco entraban dos personas sobradas. Podría ser que el hombre oliese mal. Podría ser uno de esos hombres que te hablan de las conspiraciones de la policía. Estaba muy cansado como para andar con miramientos. Se arriesgaría a la demencia de aquel hombre. Pero estaba en la vía 3. Tenía que cruzar las vías, así que como buena persona civilizada, Jack pasó por las escaleras y se dejó de carreritas por las vías. Fue a la boca de las escaleras y el cartel rezaba “Vías 3,4,5,6″. Empezó a bajar y , a diferencia de lo que se esperaba, el calor era allí mucho más agobiante si cabe. La temperatura había aumentado un par de grados por lo menos y todo estaba bastante sucio. También había gente allí. Solo que con una peculiaridad, todo el mundo parecía abatido. La tristeza se extendía por todos lados. Y seguía la misma tónica: gente de pie y sentada en el suelo, además de todos los bancos ocup… o no. Cuando Jack se disponía a girar para coger las escaleras que llevaban arriba, vio, sin dejar de caminar, en el fondo del pasillo , al lado de una gran puerta , un banco. El banco estaba limpio. También estaba ocupado solo por una persona. Y esta le miraba. Era una mujer; fumaba. Todo lo que le rodeaba parecía sombrío y le sonreía a él. Su mirada era penetrante y Jack se sintió intimidado. Ésta le habló mientras Jack avanzaba :

- ¿Sabías que los suicidas se quedan a este lado?

Jack se extrañó, todo aquello tenía un toque tétrico, en especial la mujer. Pero a penas pudo verla, ya que pronto llegó arriba.
La temperatura se normalizó otra vez, aunque el sol pegaba bastante duro. Hizo una rápida mirada para comprobar si nadie le había robado el sitio y vio como aquel hombre seguía solo. El banco miraba hacia el otro lado, así que le veía de espaldas. Jack se acercó por detrás, y rodeó el banco mirando a aquel tipo para ver qué era lo que le ocurría para estar solo. Para sorpresa de Jack, éste estaba mirándole y sonreía. Hizo que no se fijaba en él y que se sentaba despreocupado. Al acabar de acomodarse, el hombre le habló:

- ¿Por qué estás triste chico?

- ¿Disculpe?

- ¿Qué es lo que te pasa?

Jack empezaba a vislumbrar, el porqué de que ese banco estuviese vacío. Pero estaba demasiado cansado y … triste , para replicar.

- Ha sido un día duro. Solo me apetece descansar…
Las indirectas nunca habían sido el fuerte de Jack.

- Olvídala chico. No merece la pena. Nadie merece tanto la pena.
¿Por qué estos malditos locos siempre llevan razón? Jack le miró y le sonrió pensando (un hijo puta listo …). Al coincidir las miradas, se sintió intimidado, y es que aquel tipo tenía una de esas miradas penetrantes, qué dan la impresión de estar leyéndote como un libro. Jack, se rindió a él.

- ¿Y si ésta sí lo merece?

- ¿Qué te hace pensar que eres especial? ¿Qué te hace pensar que nadie más ha sentido lo mismo que tu? Es más, ¿qué te hace pensar que de haber una única mujer en todo el universo que mereciese tanto la pena, te iba a tocar a tí? El quid está en los sentimientos, no en las personas. Solo tienes que superar esos sentimientos.

- Usted no lo entiende…

- Mira… yo tambien he estado en tu situación, al igual que muchos otros. A mi me costó una enemistad eterna. Todos aprendemos de esto, y buscamos soluciones para intentar que no vuelva a ocurrir, a veces funciona y a veces no. Esto tiene que ayudarte en el futuro, no acabar con él.

- ¿Y si no hay soluciones? ¿Si no se puede superar?

- Tanto tu como yo sabemos que eres más fuerte que todo esto, ¿verdad Jack?

Aquellos ojos estaban mirándole otra vez, abriendole en canal sacando todo lo de su interior. Jack se quedó paralizado.¿Quién era aquel tipo? Miró en su derredor, buscando respuestas, pero no las iba a encontrar en el aire. El hombre sonreía.

- ¿Quién es usted?

- Jack, ¿sabes de donde vienes? Es decir, ahora mismo, ¿de donde vienes?

Sorprendido en un primer instante ante aquella pregunta, después se dió cuenta de que no sabía de donde venía. No recordaba como había llegado a aquella estación. Meneaba la cabeza aturdido, haciendo un esfuerzo por recordar. Solo veía imágenes sueltas, la veía a ella mientras eran felices, veía una pistola y se veía a si mismo tirado en el suelo, con el arma en la mano.

- Tranquilo, es normal no acordarse de donde vienes. Pero la cuestión es, ¿a donde te diriges? No te voy a mentir Jack, eres muy mal tirador. No te heriste de muerte y puedes salvarte. Tendrás que repasar el capítulo de “Zonas vitales del cuerpo humano”. Ahora tienes dos opciones, luchar por volver a la vida , o quedarte conmigo. Si te quedas, ya nunca podrás volver. Si te vas, puede que no nos volvamos a ver. Depende de tus actos, de lo que hagas en vida , el poder volver a subir hasta aquí, conmigo.

- No sé, si encontrase la forma de arreglar esto. De que ella me recuerde para siempre y no me olvide.

Jack negaba con la cabeza. Intentaba encontrar algo, pero no sabía el qué. Todo aquello le abrumaba, era una decisión muy importante.

- Busca en tu interior Jack. Siempre hay una solución. Solo los débiles llegan hasta aquí por algo así. Has pasado cosas peores, no vengas a hacer compañía a un viejo tan pronto. Sé fuerte.

- Creo que tiene razón. Creo que quiero volver. No estoy seguro, pero me parece que tarde o temprano encontraré alguna forma de superar esto. Quiero una segunda oportunidad.

- Bien Jack. Eso me complace. El tren está llegando. Sube en él y vive Jack. Y recuerda, no te busques una enemistad como yo hice. No beneficia a nadie.

- Gracias, me ha ayudado mucho. Ya sé que es lo que tengo que hacer. Gracias. Nos vemos… o no.

El tren se alejó. Y aquel tipo se volvió a sentar. Hacía tiempo que no tenía un caso de devolución de vida. Ya echaba de menos tener uno. Se quedó pensando en Jack durante un buen rato. Parecía un buen chico, esperaba volver a verle algun día. Confiaba en él.
Así pasaron un par de horas, cuando la puerta que separa el andén del interior de la estación, se volvió a abrir. Para su sorpresa, era Jack. Pero no venía solo, venía con una chica. Incrédulo miró como entraban en la zona de las vías. Jack parecía sonreir, pero ella estaba con cara de terror. No se hablaban, no se miraban. No podían, estaba así estipulado desde el principio. Se introdujeron en las escaleras para cruzar las vías.

El hombre observaba todo esto con cara de consternación. Se acercó al hueco de las escaleras. Vio salir a la chica mientras Jack pasaba de largo ,se veía un brazo de mujer invitándole a sentar y se podía oir : “Jacky, amigo, conmigo estarás mucho mejor que con el viejo.”

Jamás salió de allí.

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